"El futuro del buen funcionamiento ecológico nos lo jugamos en los espacios agrícolas y forestales"

7/07/2010.- Lo afima el catedrático Enric Tello, experto en historia económica, desarrollo sostenible, metabolismo social y los cambios de los usos del suelo, que ha participado recientemente en el seminario 'Biodiversidad y espacios naturales protegidos', organizado por el Departament de Medi Ambient de la Generalitat catalana dentro de las actividades del año de la biodiversidad 2010.
Más allá de conservar unos lugares determinados, Tello y su grupo de investigación defienden un nuevo paradigma de diversificación de los usos del suelo que incorpore la actividad ganadera y agrícola ecológica y sostenible como motores favorecedores de la biodiversidad.
¿Es válido el modelo actual de espacios protegidos para preservar la biodiversidad?
Estamos en un momento de cambio en el modelo de conservación de la biodiversidad. Durante décadas se ha hecho un gran esfuerzo para proteger ciertos lugares pensando que este era un primer paso imprescindible -y sin duda, lo era- para conservar algunas especies emblemáticas y ciertos ecosistemas. Detrás de estas figuras de protección, que en Catalunya suponen un 30% del conjunto del territorio, hay una larga historia de lucha ciudadana, de los ecologistas y los ambientalistas, y una tarea de gestión y de cuidado que son muy valiosas. Pero estamos llegando a la conclusión de que con ello no basta. La preservación de la biodiversidad es bastante más que una lista patrimonial de especies emblemáticas, porque tiene que ver con cómo las especies pueden no sólo adaptarse al territorio y tener hábitats viables, sino además interactuar entre ellas con un funcionamiento ecológico viable.
¿Cuál sería pues la clave de la protección?
La clave está en la matriz del conjunto territorial. Es decir, el verdadero desafío consiste en conseguir que todo el territorio tenga un buen funcionamiento ecológico con nosotros dentro, con las ciudades, con los polígonos industriales, con las infraestructuras necesarias para el desarrollo humano.
Y eso ¿cómo se puede conseguir?
En primer lugar, dándose cuenta de hasta qué punto necesitamos de este buen funcionamiento ecológico y de cómo distribuimos los usos del territorio. Actualmente en Catalunya los espacios urbanos e industriales representan alrededor del 5% del total y los espacios naturales protegidos, un 30%. La mayor parte del territorio, pues, está ocupada por espacios agrarios y forestales. Y aquí es donde nos jugamos el presente y el futuro del buen funcionamiento ecológico.
¿Cuál es la importancia de los espacios agrícolas y forestales?
Los mosaicos paisajísticos que hemos heredado de las viejas culturas agrarias son particularmente buenos en su capacidad de acoger biodiversidad y de ofrecer corredores ecológicos viables. Esta estructura en panal reticulada ha sido el resultado de una larguísima coevolución entre las actividades humanas y el medio natural. Por ensayo y error, las sociedades agrarias habían aprendido a hacer un uso diferenciado del territorio, con actividad intensa en espacios pequeños (los huertos) y rodales sucesivos de intensidad decreciente: los campos de cultivo, las quintanas de las masías y los cultivos arbustivos y arbóreos que hacen de transición forestal. Esta combinación creó la estructura en panal, que permite una mayor explotación de los espacios más simples y productivos y la mayor conservación de los espacios más complejos, más biodiversos y menos productivos.
¿Y cuál es la situación actual?
Precisamente ahora que descubrimos lo interesantes que son los paisajes en mosaico es cuando los estamos perdiendo rápidamente, como consecuencia de la gran transformación que el sector agrario ha experimentado en el último medio siglo en la llamada revolución verde. Por un lado, ha habido abandono rural que ha dejado de la mano de dios muchos espacios forestales, agrarios o de pasto. Por otro, la actividad agraria se ha concentrado en los suelos de las llanuras, más fértiles y más fáciles de trabajar con maquinaria, que se rellenan de fertilizantes venidos de fuera y de piensos para alimentar cabañas ganaderas absolutamente desproporcionadas con un espacio agrario que no puede absorber los purines, etc. La actividad agraria ha sufrido un enorme desencaje territorial. La degradación es doble: por exceso de explotación en unos puntos y por abandono en otros, con acumulación de biomasa muerta que es la que genera los enormes incendios forestales descontrolados.
El abandono del pastoreo tradicional es muy evidente. ¿Qué consecuencias tiene?
Hemos perdido muchísimo espacio de pasto y, sobre todo, hemos perdido la integración entre el ganado y el cultivo. De hecho, en las agriculturas tradicionales poder mantener el ganado que diera el estiércol necesarios era un gran reto y moviéndose entre los bosques y los espacios agrícolas el ganado arrastraba nutrientes de unos espacios a otros. Esto obligaba a mantenerlos integrados. Actualmente, la ganadería intensiva supuestamente integrada -de hecho, la deberíamos llamar desintegrada- importa cantidades enormes de piensos de lugares lejanos (capturas de peces en el océano, monocultivos de otros continentes) para engordar cabañas ganaderas estabuladas descomunales para el territorio en el que están ubicadas. Y así hemos llegado a que el estiércol, que durante siglos había sido una materia preciosa escasa, sea ahora un grave problema de purines que acaba contaminando los acuíferos de toda Cataluña.
¿Cuál es la vía para encontrar soluciones?
Las soluciones deben volver a ser, como lo habían sido en el pasado, de ámbito territorial, pero con las tecnologías del siglo XXI. Lo más importante es que sean territorialmente sinérgicas, recuperando la eficiencia paisajística. Por ejemplo, los bosques abandonados que generan incendios forestales descontrolados o la pérdida de fuentes se pueden volver a explotar de manera selectiva y sostenible. Se pueden abrir claros, donde surgirán pastos, que se pueden aprovechar para una ganadería más ecológica y extensiva. Y la biomasa se puede aprovechar para plantas energéticas colocadas en el lugar adecuado del territorio, o por química verde. Los múltiples usos harán viable abrir caminos -que es siempre una tarea costosa y de gran impacto ambiental- o recuperar los antiguos. E incluso pueden aprovechar para determinar la ubicación de parques eólicos donde el acceso ya exista. Tenemos que reencontrar la sinergia territorial para lograr la ecoeficiencia.
¿Y cómo aceptarían los agricultores y los ganaderos este cambio de chip?
Es, en efecto, un cambio de chip enorme en todos los aspectos, también en la gestión económica y en las políticas públicas. Los campesinos y los ganaderos saben perfectamente que la revolución verde ha provocado que su trabajo, entre la compra de semillas y agroquímicos y la venta de los productos, tenga unos beneficios mínimos. Es un fenómeno mundial. Una vía de salida puede ser, de hecho, la reconversión hacia formas más sostenibles, ecológicas e integradas de practicar la agricultura y la ganadería. Entre otras cosas, porque eso permite orientarse a un mercado con mayor valor añadido, ofreciendo un producto de mayor calidad nutricional y de seguridad alimentaria y garantizando la calidad ambiental del territorio. En Cataluña tenemos un cierto atraso en la agricultura y la ganadería ecológicas, sobre todo por la falta de políticas públicas adecuadas del departamento correspondiente, pero somos pioneros en la demanda de estos productos. Las ayudas europeos empiezan a apuntar también hacia aquí, para dejar de subvencionar una forma de agricultura y ganadería ya insostenible, no sólo ambientalmente, sino también económicamente, y centrarse en la más ecológica.
¿Tiene cabida este retorno a la explotación más integral del territorio con las figuras actuales de protección de los espacios naturales?
Los espacios naturales protegidos son piezas muy interesantes si encajan con los corredores de biodiversidad del conjunto del territorio. Ahora bien, este nuevo paradigma de conservación y preservación de la biodiversidad también obliga a repensar la gestión que se hace de estos espacios. Y hay que superar lo que algunos expertos llaman el síndrome de Yellowstone: es decir, la idea de que la protección consiste en mirar, no tocar y no hacer nada. Justamente la huella humana de las comunidades de montaña, de la ganadería trashumante y de los aprovechamientos de masías tradicionales nos tienen que devolver a la idea de que los espacios naturales no deberían ser incompatibles; al contrario, deberían potenciar ciertas actividades de agricultura y ganadería ecológica para mantener los mosaicos territoriales favorecedores de la biodiversidad.
M.Prieto /Vida Sana - Sostenible.cat


